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Vosotros no sabéis
lo que es llegar a casa,
tocar en la revuelta
la hilera de los árboles del río,
y sentir el olor de la
siembra al bajar los cristales.
Volver a descubrir en
los cajones las cosas que dejaste hace mil años,
y volver a dormir
en el mismo rincón
donde soñabas,
sentir el fresco de la
anochecida
saludar al vecino, notar
cómo envejece
volver a despertarte
y descubrir
que la pared de la casa
de enfrente aún es blanca.
Y el brillo mate de la
siega,
y el amarillo de los
girasoles,
el sosiego del paseo
de la tarde,
el olor a recuerdo después
de la tormenta.
Este es mi pueblo…
Distinto y renovado también,
pero el mismo en la esencia,
con vidas compartidas,
vividas en común en las tertulias
con la misma pasión
que sus protagonistas.
Y aunque los chicos que
bajan por la calle no saludan porque no te conocen,
descubres por sus rasgos
de quién son, como los viejos de antes.
Vosotros no sabéis,
no lo sabéis porque estáis cada día,
que, aunque todo ha cambiado,
incluso el aire, sigue quedando esencia.
la ilusión de
su boda en la solana,
y nuestros hijos
dejan de hacer la ronda
y celebrar la fiesta,
pero tampoco
se cargan el latón
con la ropa lavada en el Pozuelo,
y dejamos de ver a nuestros
hombres
cubiertos por el polvo
de la siega, como a padre,
con los ojos sangrientos
del fuego del rastrojo.
Este es mi pueblo…
En donde está
mi casa, mis amigos, mis cosas,
y que volverá
a serlo eternamente un día.
Hasta entonces dejadme
compartir, sólo un momento,
unos días, un
acontecimiento,
un trozo de la vida que
fue y que seguirá siendo todavía.